¿Escuchas el silencio?

El silencio también tiene sus peculiares sonidos, Miguel los conoce bien.

En sus largas noches de insomnio ha tenido tiempo suficiente para poder reconocerlos, Cabo de Gata playa de los Genovesespara analizarlos y casi poder saludarlos, como amigos que le acompañan y le invitan a quedarse despierto un día tras otro.

Trataba de explicárselo a sus amigos, pero nadie le entendía.

–       ¡Si no pensaras tantas cosas raras cuando te acuestas, seguro que el mejor amigo que encontrarías cuando cae la noche, sería Morfeo! ¡Deja de buscarle tres pies al gato y trata de ordenar tus pensamientos, te sentirás mejor!

¿Por qué no se les ocurre nada mejor? Quizás no me entienden, o quizás no soy capaz de explicar razonadamente lo que siento; o, mejor aún, quizás lo que ocurre es que sus mentes sólo alcanzan a entender “lo normal”, “lo habitual”, “lo corriente”, lo que le pasa a todo el mundo; más allá, no hay nada.

¡Es tan fácil y tan lógico!

Miguel padecía insomnio desde hace años, era simplemente eso, y los sonidos del silencio, los de los objetos cercanos que le acompañaban, le hacían sentirse menos solo en esas largas horas de oscuridad.

Un día más, amanecía; ya podía empezar  vislumbrar las siluetas de los edificios cercanos y el color que el cielo iba a regalar ese nuevo día; se sentía tranquilo, sus ojos le devolvían las imágenes de esa habitación cada vez con mayor nitidez y, además, ya llegaban a sus oídos los sonidos del nuevo día.

El hospital empezaba a despertar.

Se oían las voces y se transmitía el buen humor de las personas que se incorporaban al nuevo turno, después de horas de descanso, para hacer el relevo de quienes lo que más deseaban era precisamente eso, descansar.

“Andar despacio y parándose delante de cada una de las puertas”, eran las instrucciones que cumplían a rajatabla diariamente las ruedas de los carritos con el desayuno, no fallaban en ninguna.

Me gusta la organización de este hospital, pensaba Miguel. También aquí tienen una buena relación con las cosas que necesitan, si no sería imposible que todos los días repitieran el mismo trabajo sin problemas y con la misma exactitud; nunca ninguna rueda había sentido cansancio, ni había acelerado el paso y, mucho menos, se había saltado una puerta.

¡Por fin he encontrado un sitio donde las personas me entienden! ¡Quieren que les cuente mi vida de relación con las cosas cuando la luz del sol se oculta, cómo me comunico con ellas a través de los sonidos que emiten! Aunque, a veces tratan de convencerme de que sólo yo lo imagino, sé que su verdadero objetivo es aprender lo que yo he conseguido.

–       ¡Buenos días, Miguel! ¿Cómo has pasado la noche? ¿Has conseguido conciliar el sueño?

El carrito, como todas las mañanas sin excepción, se había detenido ante su puerta y conseguía que la persona que lo acompañaba tuviera que pararse.

–       ¿Cómo todos los días, verdad? ¿Ni siquiera hoy, que es el gran día que estabas esperando, me vas a saludar? ¿Hoy tampoco tienes ganas de hablar conmigo?

Siempre había sido así; en las primeras horas de la mañana Miguel nunca había tenido ganas de hablar, le costaba despertarse y seguía manteniendo esa actitud aunque ahora ni siquiera conseguía dormir durante la noche.

–       Dentro de un rato vas a tener visita y vas a poder pisar ese parque que tanto admiras desde la ventana. ¿Recuerdas que hoy vienen a buscarte tu madre y tu hermana para salir a dar un paseo?

Miguel le mira, sonríe y sus negros ojos se iluminan de ilusión mientras piensa que debe darse prisa, no le queda tiempo y debe ir hasta la habitación número 11 a recoger sus zapatos; esta noche ha llovido y necesita el calzado adecuado.

De nuevo las ruedas del carrito se ponen en marcha y Juan no tiene más remedio que abandonar la habitación de Miguel y encaminarse a la siguiente. ¡Quien manda, manda!

¡Qué tontería! ¿Cómo no iba acordarse de su salida de hoy si llevaba muchos días planificándola? El hermoso cerezo en flor le estaba esperando; después de tantas conversaciones, iba a poder sentir su caricia.

Siente angustia, está intranquilo y los nervios no le dejan apenas disfrutar de su vaso de leche con azúcar; mira a derecha e izquierda, el pasillo está despejado y Miguel corre hacia la habitación que guarda sus zapatos.

La gran puerta del edificio se abre y María y Ana entran acaloradas, confirmando la hora en sus  relojes.

–       Ana, vamos a llegar tarde, espero que Miguel no se impaciente.

–       No te preocupes, mamá. Ten confianza, verás como hoy las noticias son buenas y pasamos un buen rato con mi hermano.

–       ¡Ay, Dios mío! ¡Si alguna vez me hubiera hecho caso! Siempre he tenido la corazonada de que ser policía no era adecuado para él. ¡Pero le hacía tanta ilusión!

–       Tranquila, mamá – contesta Ana -. No sigas sintiéndote culpable; las cosas pasan y ahora lo único que debe preocuparnos es que Miguel se recupere y vuelva a ser el mismo de siempre.

–       ¿Te acuerdas, hija? Siempre resolviendo problemas, siempre pendiente de quienes necesitaban ayuda, siempre pensando que la Justicia y la Ley están por encima de todo. Desde muy pequeño soñando con ser policía para defender a los demás contra todo y contra todos, pero ¿y él?

283766El ascensor se detiene, Ana y María se dirigen a encontrarse con Miguel con la mayor de sus sonrisas. Hoy es el gran día, por primera vez desde hace tiempo van a salir con él a la calle, van a pasear los tres juntos y van a sentir que no pasa nada, que todo está bien, como siempre.

Desde que Miguel estudiaba en la Escuela de Seguridad, siempre se había hecho la misma pregunta: “Si el peligro me acechara a mí, ¿seré capaz de reaccionar de la misma manera para resolver la situación y evitarlo?

Pero nadie le había explicado nunca el poder destructor de la mente si no logras controlar los pensamientos negativos, si no reconoces el límite que nunca se debe cruzar, porque en ese momento ya no hay vuelta atrás.

 

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