Los vientos que desplaza un abanico

Siempre estuvo en casa, ¡tan elegante! ¡tan bonito!, pero nunca visible para que pudiera ser admirado, siempre escondido en uno de los cajones de la cómoda esperando a que alguien lo rescatara para poder respirar aire fresco, para disfrutar del sol de las mañanas de primavera o escuchar el ruido de la lluvia en los cristales, sin el muro de la madera que conseguía desvirtuarlo.

Hoy no hay colegio, mamá ha salido y estamos solas mi hermana y yo; lo que más me gusta de estos momentos es entrar en el dormitorio de mis padres, acercarme a la cómoda, abrir sus cajones y descubrir sus secretos, que realmente no lo son tanto.

Hay una cosa que siempre me ha llamado la atención cuando voy a casa de mis amigas: en la mía no existen ni las cerraduras en las puertas, ni las llaves en los cajones; todo está dispuesto para poder ser observado, pero no para todo hay una explicación cuando se pregunta.

Se pueden abrir puertas y cajones, se pueden encontrar cosas diferentes, sorprenderte, admirarlas,  preguntar cómo han llegado hasta allí, cuál es su historia y entonces encontrarte con una respuesta tan escueta y anodina que no te la crees, no te gusta y …………

Querida imaginación: Necesito tu ayuda, no podemos dejar sin pasado a este hermoso abanico.

¿Cómo ha llegado este abanico a mi familia? Nada tiene que ver con nosotros; no es un abanico que se parezca a los que utilizan las mujeres que me rodean, ni siquiera  he visto alguno parecido en las fiestas importantes, cuando ellas se ponen sus mejores galas y están tan elegantes. Sus abanicos tienen las varillas de madera de un solo color; sus telas son oscuras y tienen dibujos de flores todas muy parecidas. Casi todos se parecen.

El abanico del cajón, que nunca se utiliza, no se parece a ninguno de los que tiene mi madre, ni mis tías, ni las madres de mis amigas, ni siquiera he visto alguno parecido en los escaparates de las tiendas.

Sus varillas son de marfil con dibujos dorados y su ancha tela es de tul blanco enmarcada por pequeñas lentejuelas doradas; no tiene flores dibujadas, sino tres pequeños cuadritos que representan dos paisajes, en los laterales, y en el centro, una niña muy elegante jugando con dos palomas. ¡Definitivamente, este abanico nada tiene que ver con mi familia! ¿Por qué está aquí?

–       Mamá, ¿es tuyo el abanico?

–       Pregúntale a papá, él sabe la historia. Es suyo.

–       Papá, cuéntame la historia del abanico.

–       Me lo regaló una señora hace muchos años, pero es una historia triste que no quiero recordar. Disfrútalo y cuídalo como ella hizo, y piensa que consiguió hacerla feliz incluso cuando tuvo que desprenderse de él.

Corrían muy malos tiempos para Madrid; habían pasado ya tres años desde que las bombas no silbaban en el aire, pero el sufrimiento de las personas pareciera  no tener fin. El hambre, la necesidad de todo y el miedo atroz en tiempos de paz, a veces hacen sucumbir con más facilidad; la posguerra nos está matando a todos y en esta ciudad es mucho más difícil sobrevivir, era el comentario que, bajito, bajito, se hacía alrededor de la mesa con los platos vacíos.

La familia Prada vivía en el primer piso del número veintidós de la calle El Almendro; la madre, Ana, pasaba horas detrás de los cristales de su balcón con la mirada perdida, a pesar de la animación que diariamente se observaba en la calle. No le interesa lo que ocurre fuera, está demasiado preocupada por el presente y el futuro de su familia como para ocuparse del exterior.

¡Mis hijas, pobrecitas mías, con lo jóvenes que son! ¡No van a disfrutar de sus mejores años como yo lo hice! ¡Esta maldita guerra sin sentido, les ha destrozado la vida!, eran los únicos pensamientos que llenaban la cabeza de Ana, y no encontraba solución.

Si lograba esbozar una sonrisa era solamente cuando daba rienda suelta a los recuerdos; en esos momentos, se veía vestida de blanco  en la entrada del Teatro de la Zarzuela, llevando en la mano su hermoso abanico regalo de su padre cuando cumplió veintiún años. ¡Qué feliz era entonces! ¡Cómo iba a imaginar que diez años después incluso iba a tener problemas para dar de comer a sus hijas!

Ya lo había decidido y no iba a esperar ni un día más.

-Quedaros aquí tranquilas, voy a bajar un momento a la tienda. Cuando vuelva cenaremos, ir preparando la mesa. Os quiero.

El local que había en el edificio estaba ocupado por una tienda de ultramarinos, Mantequerías Barral, regentado por D. Miguel, una persona respetuosa, sin familia y que dedicaba todas las horas del día a trabajar, con el único objetivo de servir a su clientela  y dar prestigio a su establecimiento.

–       Buenas tardes, D. Miguel, saluda Ana. Necesitaría hablar un momento con Usted.

–       Dígame, Dña. Ana, siempre dispuesto a servirla.

–       Nos conocemos hace mucho tiempo, incluso conoció a mis padres cuando los tiempos eran mejores y todos vivíamos felices.

–       Eran buenos tiempos, Dña. Ana. Madrid está irreconocible, la vida aquí cada vez es más difícil; ya ni siquiera el trabajo es suficiente para poder vivir con dignidad. ¿En qué puedo ayudarla?

–       Como bien sabe, mi marido ha desaparecido y estoy sola con las niñas. En estos momentos ni siquiera sé qué les voy a preparar para cenar.

–       Tranquila, Dña. Ana, no sufra más. Dígame, ¿qué necesita, cómo puedo ayudarla?

–       No dispongo de dinero, pero sí de hermosas cosas de valor ……….

Con el tiempo, he descubierto que el hermoso abanico es de finales del siglo XIX diseñado para hermosas noches de estreno y cada persona que entra en mi casa lo admira y dice: ¡Qué hermoso abanico! ¿Cómo lo has conseguido? La historia continua.

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2 respuestas a Los vientos que desplaza un abanico

  1. Ariadna dijo:

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