GILGI, UNA DE NOSOTRAS de Irmgard Keun

2011. editorial minúscula. BarcelonaHe de decir que no conocía a la autora, que me llamó la atención el diseño exquisito de la portada y no pude resistir la tentación … de lo que me alegro sobremanera.

Esta es la primera novela publicada por Irmgard Keun en 1931, con tan solo veintiún años, en la que ya demuestra una gran solidez literaria y un lenguaje vivo lleno de atractivo; una manera de escribir muy bella que hace aún más apasionante el placer de la lectura.

La autora presenta a Gilgi trazando un estilo de mujer joven alejado del establecido para la época: trabajadora, moderna, interesada por desarrollarse a través del conocimiento para lograr su independencia económica, poder emanciparse y ser dueña de su propia vida. Sigue esforzándose todos los días y acude a sus obligaciones diarias con ilusión.

“Gilgi mira por la ventana. No, no tiene nada que ver con los desesperados del vagón, no es una de ellos ni quiere serlo. Son gente gris, cansada y aletargada. Y si no están aletargados esperan que suceda un milagro. Gilgi, en cambio, ni está aletargada ni cree en los milagros. Solo cree en lo que puede hacer y conseguir por sí misma. No está satisfecha, pero está contenta.”

Podríamos hablar de cierto pensamiento feminista en la autora cuando describe el empeño de la protagonista por dirigir su propia vida, y cuando describe en un solo hecho (escena del desayuno de Gilgi con su madre y su padre) y con palabras certeras, la situación de sumisión al hombre que era lo habitual en la época:

“Los tres comen panecillos con mantequilla de la buena. El señor Kron (artículos de carnaval al por mayor) es el único que toma un huevo. Ese huevo es más que alimento: es un símbolo, una concesión a la superioridad de un hombre. Es un atributo monárquico, algo así como un globo imperial.”

Todo transcurre según lo planificado hasta que le informan que es adoptada y en la búsqueda de su madre se enamora de Martín, artista soñador que vive en su propio mundo, y que representa todo lo que Gilgi no había planificado para sí misma, lo que da pie para que la autora nos hable del amor y sus consecuencias cuando no atendemos a razones, cuando estamos ante una relación negativa y nos empeñamos en no verlo.

“Que alguien te guste está bien; quererlo, también. Pero estar enamorada, enamorada de veras, es un tormento. Debería haber un remedio para tratarlo. Qué vacio interior, qué distancia se siente respecto de las personas y las cosas; se deja de ver y de oir, todo queda sumergido, todo resulta profundamente indiferente. Intentar interesarse aún por algo supone un esfuerzo agotador.”

Obra muy actual, a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, en la que podremos descubrir no solo el transcurrir de nuestras propias vidas, sino también las características del momento actual que vivimos.

La autora transmite que lo más importante de la vida no es su planificación y que no siempre se puede conseguir aquello que deseamos a fuerza de tesón y voluntad, porque el éxito en nuestros objetivos  depende muchas veces de la capacidad de adaptación a los continuos cambios y a las circunstancias inesperadas.

Irmgard Keun es una de las muchas autoras olvidadas que vamos poco a poco conociendo desde que la sociedad española va poniendo en valor la Igualdad entre mujeres y hombres; desde que éstas van siendo, poco a poco, reconocidas en el mundo de la literatura, a pesar de las dificultades.

Como dice Laura Freixas: “Hay una literatura de mujeres con características propias pero no hay que confundirlo con una literatura sólo para mujeres ya que es discriminatorio pensar que las mujeres sólo pueden interesar a su género mientras que todo lo que hacen los hombres es universal.”

Debemos concluir que solo existe buena o mala literatura, indiferentemente de quién la escriba y para quién va dirigida, y la literatura escrita por Irmgard Keun pertenece a la primera categoría.

Carmen Gómez

Pequeño apunte biográfico.

Irmgard Keun (Berlín 1910-Colonia 1982) fue una escritora de éxito durante la República de Weimar. En 1933 los nazis secuestraron sus libros y dos años más tarde se exilió de Alemania. A raíz de la ocupación nazi de Holanda en 1940 y tras la separación de su compañero ―el escritor Joseph Roth, con el que había vivido un intenso año entre Viena, Bruselas, París, Ostende y Ámsterdam― se vio obligada a regresar a su país, donde las autoridades la daban por muerta. Allí vivió clandestinamente hasta el final de la guerra. Durante los años ochenta, los lectores alemanes redescubrieron sus novelas, entre las que se cuentan Después de medianoche, La chica de seda artificial y Niña de todos los países, todas publicadas por la Editorial Minúscula

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